La expresión lírica de la dramaturgia o la estética como arqueología de los signos

Por X. Antón Castro Fernández

Diluidos los géneros, el artista asume el lenguaje como un elemento enfático de transgresión, siguiendo la poética duchampiana que convierte ese acto en resultado de la mirada. Y si mirar es transgredir también lo es la capacidad de romper los límites de los lenguajes a la hora de sentirse pintor, escultor o cualquier otra cosa que posibilite arrumbar la fábula estética que imaginamos como representación. Por ello la dilución ha llevado el arte a la totalidad y al artista a imaginar el mundo más allá de prejuicios o de técnicas prefijadas, porque su finalidad es interpretar una atmósfera para sus sueños. En este sentido Emilia Enríquez se ubica en la actualidad diluida del artista total que refuerza su posición en los últimos años y no establece límites a la tradición que la adscribe a la pintura o a la escultura como estrategia genérica para interpretar sus objetivos, en el contexto de un hilo conductor: la escenografía de una dramaturgia gestual, cargada de lirismo, enraizada con el expresionismo histórico. Por ahí ha discurrido su marcada identidad en términos estéticos, ya sea en su aproximación más pura a la pintura, ya sea en su incursión al escenario de sus deseos más profundos, ligados a la interpretación escultórica del mundo de las geishas. En el primer caso, su exposición Ojo de mar (1) ponía de manifiesto la voluntad de expandir el campo de la pintura, incorporando elementos escultóricos, objetos, cuerdas, representaciones de la fauna marina, a fin de traspasar los límites de la mirada bidimensional y reflexionar, a la vez, sobre el más allá del hecho pictórico, incidiendo en una peculiar arqueología soterrada en las fábulas del mar, con la prestancia inocente de las viejas narraciones románticas, envueltas en el lirismo esencial de su cromatismo.

(1) La exposición ha tenido lugar, en 2008, en las salas de la Casa de Galicia de Madrid

Sin embargo donde mejor ha concretado sus posiciones estéticas es cuando afronta el mundo de las geishas, pretexto y referente que asume en términos literarios y lleva a la artista a ubicarse en el escenario gestual del espacio como escultura e instalación, opciones que no disiden de la cálida recurrencia a la pintura. A esa figura mítica japonesa que dominaba las artes, el baile o la música para entretener al hombre, incrustada en un paraíso culto que definía el universo de las flores y los sauces, dedicó Emilia Enríquez una exquisita exposición, Ecos do pasado (2) y es la Geisha un maravilloso pretexto para adentrarnos en su filosofía del arte, por ello no hablaré de la obviedad mitológica y literaria de la célebre mujer oriental, sino de aquello que podemos extraer de ella como obra abierta y elemento de reflexión.

(2) Centro Cultural de la Diputación de Orense. Orense, 2009

Emilia Enríquez penetra ciertamente en su mundo y la reutiliza para interpretar su fe en una de las centralidades del arte en los últimos años, cual es el problema de la identidad, con el aura simbólica gadameriana –a Gadamer me refiero-, cuya hermenéutica intuía en el símbolo la capacidad para reconocernos a nosotros mismos. Pero, qué identidad. La que vislumbramos en el concepto de género, imagen elocuente de la represen- tación del cuerpo, lejos de la clásica crítica feminista, puesto que se centra igualmente en cuestiones lingüísticas que reflejan una experiencia per se, aunque sin excluir un sentimiento de erótica refracción. Femineidad no a cualquier precio, sino como síntoma plural de una metodología que desde signos tan identificadores como el vestido, el tejido, el cuerpo, el hilo, el pelo, la lana, el lino, las alfombras, las cortinas, las pieles, las vendas, los paños, el cáñamo y las fibras naturales o la simple acción de coser nos remiten a determinados usos domésticos que, en un principio, fueron adscritos a la mujer, propuestos, en su caso, como un sistema de representación cultural, donde se dan cita determinadas mitologías que han marcado, con un fuerte acento, una parcela peculiar de la historia del arte, desde Georgia O ́Keeffe a Louise Bourgeois, de Lygia Clark a Eva Hesse o Yayoi Kusama y a la más reciente Aida Makoto, por citar algún nombre conocido: una saga que no hace más que ratificar trabajos ciertamente imbuidos de una calidad estética especial, pero a la vez introductores de un activismo que nos habla de la dispersión de la identidad. Esa dispersión que, al decir de Georges Steiner, había acentuado el psicoanálisis, nos lleva a la refracción especular de lo que hay enfrente y nos encontramos al otro. Disociación que Emilia Enríquez intuye en el cuerpo de la Geisha y en sus diferentes y teatrales posiciones, curioso patrón genérico de la otredad que rastrearíamos en la fecundidad neolítica en una línea ininterrumpida que llegaría hasta los planteamientos artísticos actuales. Posicionarse en esa especificidad y hacerlo de manera inteligente, elevando el listón discursivo no es nada fácil y Emilia Enríquez lo pone en marcha retomando la citada figura, en términos estéticos y literarios.

En este sentido la artista busca la diferencia no sólo para afirmar su posición lingüística sino también una sutil idea de género que refuerza el cuerpo y la gestualidad de la Geisha, el citado y dúctil pretexto de variados análisis que implican posiciones sociopolíticas y culturales, filosofía que ha tenido un tratamiento exclusivo en exposiciones recordadas como Sense and Sensibility. Women Artists and Minimalism in the Nineties (3), que para la artista no es muy diferente del hilo de Ariadna o del tejido de Penélope, un motivo que entraña las especificidades de la experiencia corporal femenina en la elíptica vestimenta que nos habla de esa personalidad disociada, por cuya reintegración lucha. Experiencia que algunos teóricos neofeministas, como la profesora de la Universidad del Ulster, Hilary Robinson, ligan, en su origen, a la doble mirada social y cultural: si lo femenino es la experiencia del cuerpo, al mismo tiempo no pertenece al cuerpo, porque éste y su representación serían tan sólo sus intermediarios. Pero, por encima de todo, la cultura y el erotismo oculto de la Geisha nos hace pensar en la condición humana y es el pretexto ideal para desenterrar los interminables laberintos del papel de aquella mujer en su condición genérica y preguntarse –desde la plataforma ideal del género- qué somos, adónde vamos, qué hacemos, dónde estamos…Y evoco, a este respecto, trabajos que me sitúan entre el deseo y el recuerdo, como la Historia de los trajes de Annette Messager, o afirman la identidad del cuerpo real -y por tanto del género- mediante la presencia y eliminan el citado recuerdo como una prolongación de la dulce gestualidad, dramatizada tantas veces en el sufrimiento paciente que convierte la vida de la Geisha –quizás de muchas mujeres- en un teatro inquebrantable de la esperanza.

(3) Exposición celebrada en el MOMA neoyorquino, en 1994

Y si a la atmósfera lingüística nos referimos, percibimos en la obra de Emilia Enríquez un equilibrio entre la impulsión y la razón, entre el pasado y el presente, entre una antropología oculta en la carga mitológica de la figura femenina, a veces inaprensible, y el universo, inscrito en una peculiar ascesis barroca, referencia muy española de ese período histórico, acentuada en los pasos de la Semana Santa, que marca una buena parte de nuestra identidad artística. Atmósfera y teatralidad que, en su construcción, evocan, de manera ineludible, las figuras del nouveau réalisme de Nikki de Saint-Phalle y permiten una extraña conciliación de lo que nos seduce y produce repulsión, entre lo subversivo y lo estremecedor, como el envés del deseo y del placer. Placer perturbador que prolonga la unidad esencial del diálogo necesario entre el cuerpo y el espíritu, entre el hedonismo y la razón, entre lo ético y lo transgresivo. Que no es sino aquella belleza que taladra el alma o la que para el crítico y pensador americano Dave Hickey nos libera de la tribu y nos confunde, razón por la cual la sensibilidad académica se permite odiarla (4). De esta manera la imagen se impone como estructura de mutación en el vacío o en su desmesura barroca, como signo de un antropoformismo fragmentario o como un gesto clamoroso que se superpone a cualquier codificación, fijada en la centralidad de la figura femenina, prolongación de magdalenas penitentes o de aquellas damas esculpidas como fetiches primitivos, sometidas a los ojos turbadores y agrietados que emergen de la oscuridad tenebrista de una noche profunda. Penetradas en su realidad, a través de la destrucción fragmentada de sus dramáticas actitudes, encubriendo el erotismo perverso de las antiguas vampiresas que atormentaron al Munch que inventó el clamor expresionista, las geishas de Emilia Enríquez obvian el sexo como imagen elíptica de otra realidad que fusiona el placer encubierto y el deseo. Y en su dimensión laica escenifican el totemismo ritual de las antiguas diosas cicládicas de las serpientes, diosas de una fecundidad neolítica, que, en el caso que nos ocupa, parecen romper los límites entre la escultura y la pintura, entre el lenguaje y el trazado sumiye de los gestos irrepetibles de estas otras diosas del placer desinteresado, cuya inquietud silente se transmite a nosotros, espectadores sorprendidos, seducidos y nunca indiferentes ante el teatro de la vida que nos propone la artista, a fin de compartir con ella sus fábulas y sus sueños.

(4) Entrevista Dave Hickey-David Pagel. Catálogo La Belle et la Bête. Museo de Arte Moderno de la Ville de París. París, 1995.

The lyrical expression of the drama or the aesthetic as archaeological sign

By X. Anton Castro Fernández

Through a dilution of the genres and the use of language as an emphatic element of transgression, the artist follows Duchamp’s poetic way of converting this action into a way of seeing. If seeing is infringing, then also is the ability to break the boundaries of languages for painters, sculptors or anything that enable the destruction of aesthetic fabrication that is imagined as repre- sentation. Because of this, the illusion has taken the art to its totality and the artist to imagine the world free of prejudice or fixed techniques, which is to interpret an atmosphere from her dreams. In this way Emilia Enríquez situates in the diluted present of the artist that has in the last years strengthened her position. This does not establish limits to the tradition that the paint or sculpture, subjects to generic strategy, interprets its objectives. In the context of a thread: the scenery of drama of gestures full of fantasy rooted in historical expressionism. Souring from the aesthetically marked identity, be this in the purest approach to painting or an incursion onto the stage of deep desires, which link the sculptural interpretation of the world of geishas. In the first instance, her exhibition Ojo de mar (1) showed the willingness to expand the field of painting by incorporating sculptural elements like objects, robes and sea creature figures.

(1) The exhibition was held in 2008 in the halls of the Casa de Galicia.

In order to push boundaries of the two dimensional view she reflects at the same time on the pictured element. With this she creates a peculiar underwater archaeology with the magic of old romantic tales, all wrapped in a chromatic fantasy.

Nevertheless her aesthetic stance is best demonstrated in her work on the world of the geishas. In the pretext and referral that is assumed in the literal terms and that make the artist take a place in the spacial stage of gestions in a little dissident form of sculpture and installation. This mythic Japanese figure that dominated the arts through dance or music, to entertain a man, inlayed a hidden paradise that defined the universe of flowers and willows. Emilia Enríquez dedicated an exquisite exhibition, Ecos do pasado (2) to the Geisha using its marvellous pretext to go deep in its philosophy of art. Because of this I will not speak of the obvious mythological and literal aspect of this famous ori- ental woman, but of the aspects that can be extracted of her as a piece of art and an element of reflection.

(2) Centro Cultural de la Diputación de Orense. Orense, 2009

Emilia Enríquez penetrates into this world and reuses it to interpret her belief in one of the central questions of art in the recent years. This question faces the identity problem of the symbolic aura presented by Gadamer, of how the art of interpre- tation through a symbol enables us to recognize ourselves. But what identity? Is it the one that we see as a concept of gender, an eloquent image of the representation of the human body? This is far from the feministic critique, and even thought it does not exclude an erotic refraction, it focuses equally in linguistic ques- tions that reflect the experience per se. Femininity is not sought with any price, but is expressed as a plural symptom of a meth- odology that uses symbols like dresses, fabric, the human body, hair, wool, cotton, carpets, curtains, furs, band- ages, napkins, canvas or other natural materials. This she does also through the mere action of sowing. To mark a cultural representation she uses certain domestic tasks that have generally been the responsibility of women. This highlights the addressed mythology in sections of history of art from Georgia O ́Keeffe to Louise Bourgeous, Lygia Clar to Yayoi Kusama and recently Aida Makoto. With this saga the work is ratified with a splendid aesthetic quality and at the same time it introduces activity that speaks about the dispersion of identity. According to George Steiner, dispersion like this is to emphasize the psychoanalysis, which makes us to reflect on what we have in front of us and to see each other. The body of Geisha is a tool that Emilia Enríquez uses to dissociate the different theatrical positions by tracing an unbroken line of curios patterns of the otherness within the fertile Neolithic artistic approaches. To take position in this specialty and do it intelligently is nowhere easy, but Emilia Enríquez has done this by developing the concept aesthetically and literally.

In this way the artist looks to differentiate not only to confirm her linguistic position, but also to assert the subtle idea of gender that the body and gestures of the geishas embody. Through this malleable pretext she expresses a variety of analysis that imply socio-political, cultural and philosophical stances, which were treated in an exhibition Sense and Sensibility. Women Artists and Minimalism in the Nineties (3). For an artist these present no difference when looking at the string of Ariadna or the fabric of Penélope. It is a motive that shows specifics of the female body in elliptical clothing, showing us the disassociated personality that reintegration fights for. This Neofeminist theory, as expressed by professor Hilary Robinson from the University of Ulster, is connected to the double concept of social and cultural. If femininity is considered as an experience of the body, then it must be considered that it does not belong to the body as it is only a tool of representation for it. Above all, culture and the hidden eroticism of the Geisha make us think about the human condition and the ideal pretext of the never ending labyrinths of the role for a woman in this general condi- tion and ask oneself- from the ideal platform of gender- what we are, where are we going, what are we doing, where are we… In this respect I evoke works that talk of desire and memory like Anette Messager’s Historia de los trajes. On the other hand I talk of the confirmation of the real body identity-and thus of gender- through the present and by erasing a given memory like a prolonged sweet gesture, exaggerated so many times in the patient suffering of the lives of the Geisha -perhaps of many women- in an unshakeable theatre of hope.

(3) Exhibition held in MOMA, New York in 1994

If we refer to a linguistic atmosphere, we perceive a balance of impulsiveness and reason in the past and presence in Emilia Enríquez work. There is also a hidden anthropology in the mythic charge of a feminine figure, sometimes only hinted, in the universe engraved in a intriguing baroque asceticism. Marked with the steps of the Holy Week, this very Spanish historic reference, marks a great part of our artistic identity. With the construc- tion of atmosphere and drama, the figures of nouveau réalisme by Nikki de Saint-Phalle are evoked unmistakably permitting a special conciliation of things that seduce and cause repulsion. The subversive and horrifying are therefore represented as the opposing senses of desire and pleasure. What then prolongs the content of a necessary dialogue between the body and the spirit, between hedonism and the reason, and between the ethic and transgression, is the perturbing pleasure. It is not only the beauty that moves the soul but also the tribal liberation and confusion, as expressed by the American critique and thinker, Dave Hickey that gives us the reason to hate the academic sensibility (4). In this way the image imposes a mutated structure of emptiness or its baroque excess. This is like a sign of fragmented anthropomorphism or like a rapturous gesture that superimposes any codification fixed in a feminine figure. It also becomes evident in the lengthening of magdalenas penitentes or the fetish like damas sculptures that are set for the troubling eyes and cracked so that the profound darkness of the night makes them emerge. Penetrated in its reality, through the fragmented destruction of its dramatic attitudes, masking the perverted eroticism of the ancient vampires that haunted Munch, the inventor of clamor, the Geisha by Emilia Enríquez obviate sex as an elliptic image of the other reality that combines pleasure with desire. With a secular dimension, a totemist ritual of the ancient snake goddesses is dramatized. Their Neolithic fertility, given that it considers us, seem to break the limits between sculpting and painting, between language and the dented design of the unrepeatable gestures of these other goddesses of self- less pleasure. Their silent restlessness seduces us, the surprised audience, and never leaves us indifferent when facing the stage of life that the artist presents us, letting us share her dreams and inventions.

(4) Interview with Dave Hickey-David Page. Catalogue of La Belle et la Bête. Modern Museum of Ville de Paris 1995.