X. Anton Castro sobre las Geishas

La expresión lírica de la dramaturgia o la estética como arqueología de los signos

Por X. Antón Castro Fernández

Diluidos los géneros, el artista asume el lenguaje como un elemento enfático de transgresión, siguiendo la poética duchampiana que convierte ese acto en resultado de la mirada. Y si mirar es transgredir también lo es la capacidad de romper los límites de los lenguajes a la hora de sentirse pintor, escultor o cualquier otra cosa que posibilite arrumbar la fábula estética que imaginamos como representación. Por ello la dilución ha llevado el arte a la totalidad y al artista a imaginar el mundo más allá de prejuicios o de técnicas prefijadas, porque su finalidad es interpretar una atmósfera para sus sueños. En este sentido Emilia Enríquez se ubica en la actualidad diluida del artista total que refuerza su posición en los últimos años y no establece límites a la tradición que la adscribe a la pintura o a la escultura como estrategia genérica para interpretar sus objetivos, en el contexto de un hilo conductor: la escenografía de una dramaturgia gestual, cargada de lirismo, enraizada con el expresionismo histórico. Por ahí ha discurrido su marcada identidad en términos estéticos, ya sea en su aproximación más pura a la pintura, ya sea en su incursión al escenario de sus deseos más profundos, ligados a la interpretación escultórica del mundo de las geishas. En el primer caso, su exposición Ojo de mar  (1) ponía de manifiesto la voluntad de expandir el campo de la pintura, incorporando elementos escultóricos, objetos, cuerdas, representaciones de la fauna marina, a fin de traspasar los límites de la mirada bidimensional y reflexionar, a la vez, sobre el más allá del hecho pictórico, incidiendo en una peculiar arqueología soterrada en las fábulas del mar, con la prestancia inocente de las viejas narraciones románticas, envueltas en el lirismo esencial de su cromatismo.

Sin embargo donde mejor ha concretado sus posiciones estéticas es cuando afronta el mundo de las geishas, pretexto y referente que asume en términos literarios y lleva a la artista a ubicarse en el escenario gestual del espacio como escultura e instalación, opciones que no disiden de la cálida recurrencia a la pintura. A esa figura mítica japonesa que dominaba las artes, el baile o la música para entretener al hombre, incrustada en un paraíso culto que definía el universo de las flores y los sauces, dedicó Emilia Enríquez una exquisita exposición, Ecos do pasado  (2) y es la Geisha un maravilloso pretexto para adentrarnos en su filosofía del arte, por ello no hablaré de la obviedad mitológica y literaria de la célebre mujer oriental, sino de aquello que podemos extraer de ella como obra abierta y elemento de reflexión.

Emilia Enríquez penetra ciertamente en su mundo y la reutiliza para interpretar su fe en una de las centralidades del arte en los últimos años, cual es el problema de la identidad, con el aura simbólica gadameriana –a Gadamer me refiero-, cuya hermenéutica intuía en el símbolo la capacidad para reconocernos a nosotros mismos. Pero, qué identidad. La que vislumbramos en el concepto de género, imagen elocuente de la represen- tación del cuerpo, lejos de la clásica crítica feminista, puesto que se centra igualmente en cuestiones lingüísticas que reflejan una experiencia per se, aunque sin excluir un sentimiento de erótica refracción. Femineidad no a cualquier precio, sino como síntoma plural de una metodología que desde signos tan identificadores como el vestido, el tejido, el cuerpo, el hilo, el pelo, la lana, el lino, las alfombras, las cortinas, las pieles, las vendas, los paños, el cáñamo y las fibras naturales o la simple acción de coser nos remiten a determinados usos domésticos que, en un principio, fueron adscritos a la mujer, propuestos, en su caso, como un sistema de representación cultural, donde se dan cita determinadas mitologías que han marcado, con un fuerte acento, una parcela peculiar de la historia del arte, desde Georgia O ́Keeffe a Louise Bourgeois, de Lygia Clark a Eva Hesse o Yayoi Kusama y a la más reciente Aida Makoto, por citar algún nombre conocido: una saga que no hace más que ratificar trabajos ciertamente imbuidos de una calidad estética especial, pero a la vez introductores de un activismo que nos habla de la dispersión de la identidad. Esa dispersión que, al decir de Georges Steiner, había acentuado el psicoanálisis, nos lleva a la refracción especular de lo que hay enfrente y nos encontramos al otro. Disociación que Emilia Enríquez intuye en el cuerpo de la Geisha y en sus diferentes y teatrales posiciones, curioso patrón genérico de la otredad que rastrearíamos en la fecundidad neolítica en una línea ininterrumpida que llegaría hasta los planteamientos artísticos actuales. Posicionarse en esa especificidad y hacerlo de manera inteligente, elevando el listón discursivo no es nada fácil y Emilia Enríquez lo pone en marcha retomando la citada figura, en términos estéticos y literarios.

En este sentido la artista busca la diferencia no sólo para afirmar su posición lingüística sino también una sutil idea de género que refuerza el cuerpo y la gestualidad de la Geisha, el citado y dúctil pretexto de variados análisis que implican posiciones sociopolíticas y culturales, filosofía que ha tenido un tratamiento exclusivo en exposiciones recordadas como Sense and Sensibility. Women Artists and Minimalism in the Nineties (3), que para la artista no es muy diferente del hilo de Ariadna o del tejido de Penélope, un motivo que entraña las especificidades de la experiencia corporal femenina en la elíptica vestimenta que nos habla de esa personalidad disociada, por cuya reintegración lucha. Experiencia que algunos teóricos neofeministas, como la profesora de la Universidad del Ulster, Hilary Robinson, ligan, en su origen, a la doble mirada social y cultural: si lo femenino es la experiencia del cuerpo, al mismo tiempo no pertenece al cuerpo, porque éste y su representación serían tan sólo sus intermediarios. Pero, por encima de todo, la cultura y el erotismo oculto de la Geisha nos hace pensar en la condición humana y es el pretexto ideal para desenterrar los interminables laberintos del papel de aquella mujer en su condición genérica y preguntarse –desde la plataforma ideal del género- qué somos, adónde vamos, qué hacemos, dónde estamos…Y evoco, a este respecto, trabajos que me sitúan entre el deseo y el recuerdo, como la Historia de los trajes de Annette Messager, o afirman la identidad del cuerpo real -y por tanto del género- mediante la presencia y eliminan el citado recuerdo como una prolongación de la dulce gestualidad, dramatizada tantas veces en el sufrimiento paciente que convierte la vida de la Geisha –quizás de muchas mujeres- en un teatro inquebrantable de la esperanza.

Y si a la atmósfera lingüística nos referimos, percibimos en la obra de Emilia Enríquez un equilibrio entre la impulsión y la razón, entre el pasado y el presente, entre una antropología oculta en la carga mitológica de la figura femenina, a veces inaprensible, y el universo, inscrito en una peculiar ascesis barroca, referencia muy española de ese período histórico, acentuada en los pasos de la Semana Santa, que marca una buena parte de nuestra identidad artística. Atmósfera y teatralidad que, en su construcción, evocan, de manera ineludible, las figuras del nouveau réalisme de Nikki de Saint-Phalle y permiten una extraña conciliación de lo que nos seduce y produce repulsión, entre lo subversivo y lo estremecedor, como el envés del deseo y del placer. Placer perturbador que prolonga la unidad esencial del diálogo necesario entre el cuerpo y el espíritu, entre el hedonismo y la razón, entre lo ético y lo transgresivo. Que no es sino aquella belleza que taladra el alma o la que para el crítico y pensador americano Dave Hickey nos libera de la tribu y nos confunde, razón por la cual la sensibilidad académica se permite odiarla (4). De esta manera la imagen se impone como estructura de mutación en el vacío o en su desmesura barroca, como signo de un antropoformismo fragmentario o como un gesto clamoroso que se superpone a cualquier codificación, fijada en la centralidad de la figura femenina, prolongación de magdalenas penitentes o de aquellas damas esculpidas como fetiches primitivos, sometidas a los ojos turbadores y agrietados que emergen de la oscuridad tenebrista de una noche profunda. Penetradas en su realidad, a través de la destrucción fragmentada de sus dramáticas actitudes, encubriendo el erotismo perverso de las antiguas vampiresas que atormentaron al Munch que inventó el clamor expresionista, las geishas de Emilia Enríquez obvian el sexo como imagen elíptica de otra realidad que fusiona el placer encubierto y el deseo. Y en su dimensión laica escenifican el totemismo ritual de las antiguas diosas cicládicas de las serpientes, diosas de una fecundidad neolítica, que, en el caso que nos ocupa, parecen romper los límites entre la escultura y la pintura, entre el lenguaje y el trazado sumiye de los gestos irrepetibles de estas otras diosas del placer desinteresado, cuya inquietud silente se transmite a nosotros, espectadores sorprendidos, seducidos y nunca indiferentes ante el teatro de la vida que nos propone la artista, a fin de compartir con ella sus fábulas y sus sueños.


(1) La exposición ha tenido lugar, en 2008, en las salas de la Casa de Galicia de Madrid. ↑↑

(2) Centro Cultural de la Diputación de Orense. Orense, 2009. ↑↑

(3) Exposición celebrada en el MOMA neoyorquino, en 1994. ↑↑

(4) Entrevista Dave Hickey-David Pagel. Catálogo La Belle et la Bête. Museo de Arte Moderno de la Ville de París. París, 1995. ↑↑

X. Anton Castro sobre las Geishasroot