Emilia Enríquez: tremenda expresión

Apostar lleva implícito un más que considerable porcentaje de riesgo, además de dejar al azar la confirmación de hacer realidad un anhelo. Por supuesto, estamos hablando de juego. Cuando hablamos de arte, el juego no entra a formar parte de la contienda. Se apuesta, sí. Pero la apuesta, en ese sentido, se torna en confianza. Existen dos componentes vitales que nos disuaden de lo azaroso: el trabajo y la experiencia. El riesgo, entonces, no existe, y no lo hace porque el resultado queda escrito por anticipado; este es el recírpoco cumplimiento del compromiso adquirido tanto por el apostante como por el objeto de la apuesta.

Una apuesta de futuro fue la que en su día la galería Kresiler contrajo cuando, hace algo más de dos años, colgaba la obra de una jovencísima Emilia Enríquez, artista expresiva y con recursos en ciernes que ahora, en esta nueva muestra, se ofrecen en importante dimensión. Tentados por los medios y grandes formatos, la autora, con una fuerte querencia a lo narrativo y testimonial, confirma su habilidad para un rápido dibujo que marca y señala su pintura. El horror vacui que estas obras poseen, logra dibujar hasta los planos más lisos de elementos.

Estamos ante una pintora que ahonda en la desmesura, y de la que en su día dimos cuenta, en la que no se refugia, sino que la articula para mostrarla. Así, carga de contenido el ejercicio equilibrando la desmesura y deformación, en tanto que esa declinación obtiene el mismo grado en toda la composición y que ahora se refuerza con una mayor incidencia y riesgo en el color. En este sentido, no estamos refiriéndonos a una más dilatada alternancia colorista, sino a los planos que utiliza, a su disposición y conjugación entre colores y su diferente temperatura.

Al hilo de esto, en la presente etapa, los cromatismos son los que nos conducen por vericuetos más severos; de alguna forma, alejándose de la grotesca concepción de las situaciones; acaso más despejada pero al mismo tiempo con un mayor desgarro; tal vez, contra la pureza racional de estos últimos tiempos. De esta forma, su pintura crece, apuesta por un contenido matérico más allá de los empastados, en una suerte de proceso que encaja con el desarrollo virulento de las estructuras.

Estructuras al antojo de unas composiciones certeras y determinantes para entender su obra, difícil imaginar frente al lienzo en blanco y que, a golpe de pincel, se hace fuerte, tremenda y tempestuosa pugnando a veces con la indolencia de algunos de sus personajes. Obras las de esta muestra, más profundas pero menos drásticas, aunque esto haya configurado un trabajo donde las dosis de humor se han visto relegadas.

Juan Adrianses. ‘El Punto de las Artes’. 12 de mayo de 2001

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