A propósito de la serie ‘Pinturas Marinas’

El arte, como el hombre, se debate entre dos fuerzas contrarias que lo solicitan: una es la belleza de la serenidad absoluta, la otra, la fascinación del abismo. Juan Eduardo Cirlot, mi inolvidado amigo, que escribió estas palabras certeras, se hubiera extasiado con la pintura desafiante de Emilia Enríquez, con el expresionismo atroz que encubre una sensibilidad zarandeada, una capacidad atávica y turbadora para los colores fuertes y excesivos. En esta época de pintura literaturizada, sometida a la dictadura de los críticos, Emilia Enríquez es un espíritu libre, una artista independiente, una inquietante intelectual que expresa lo que siente sin otros condicionamientos que los límites del color y la línea. El expresionismo crítico de su pintura se ha convertido en un fulgor desigual en esta exposición. Hay aciertos que deslumbran y desaciertos que entristecen. El cromatismo se desmesura a veces, se hace tempestuoso, estalla como un big-bang que buscara el origen de las cosas, el alba del universo. No todo es bueno en la obra de Emilia Enríquez pero nada hay vulgar. El alma de la artista se desnuda a desgarrones en los lienzos, se horroriza ante la vida, se extasía en los temblores azules, se encrespa con los rojos, se hace profunda en el altivo cromatismo y la incertidumbre vital, fascinada siempre por el abismo de Cirlot, lejos de todo convencionalismo, angustiada y en zozobra. Juan Adriansens, que es un sabio del arte, ha descubierto en Emilia Enríquez una hora nueva del expresionismo que renace con altivez desde la paleta de esta pintora singular e indescifrable.

Luis María Ansón, de la Real Academia Española. Julio 2008

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